Ayer se llevó a cabo el evento que la ciudad de Los Angeles tanto esperaba: el concierto inaugural de Gustavo Dudamel al frente de la Los Angeles Philharmonic. Concierto que, por otra parte, no es su debút al frente de la entidad.

Gary Friedman/Los Angeles Times
Se llevó a cabo en el Walt Disney Concert Hall, inaugurado en 2003, al que asistieron una multitud de glamorosas señoras y elegantes señores. En las afueras de la sala, otra multitud, no tan elegante, pero igualmente emocionada, aguardaba el inicio del concierto, que sería transmitido por enormes pantallas.

Luis Sinco/Los Angeles Times
Siendo las 7:18 pm (hora de California), Gustavo Dudamel subió a escena. Él mostró su mejor sonrisa; a cambio recibió una ovación (de esas a las que ya nos tiene acostumbrados). Sin mediar mucho preámbulo, dio comienzo al espectáculo. Sonó entonces un estreno mundial: City Noir, compuesta por John Adams. La obra fue escrita por el compositor residente de la entidad angelina e inspirada en la ciudad de los '40 y '5o. Duró un poco más de 30 minutos y contó con tres movimientos. Ecléctica, jazzística, disonante alguna que otra vez, pero armoniosa en su conjunto, fue llevada acabo con elegancia por la orquesta y su conductor. Al final, John Adams y Dudamel compartieron un excitante aplauso.

Dudamel y el compositor John Adams. -Lawrence K. Ho/Los Angeles Times
Luego del intervalo llegó la sinfonía no. 1 de Gustav Mahler. Compuesta por un joven director (1888), la llamada "Titán" es la obra más corta del repertorio sinfónico mahleriano. Los tres primeros movimientos, que atraviesan distintos niveles poéticos, fueron entretenidos aunque interpretados con excesiva lentitud por la orquesta (o por lo menos para mi gusto).
Pero cuando se trata de Dudamel todo parece aclararse al final del cuento. Fue precisamente el cuarto movimiento lo mejor logrado. Mahler aclaró en su partitura (aunque Gustavo condujo de memoria) que se trataba de un Stürmisch bewegt, algo así como "tormentosamente agitado", y nuestro joven conductor no pudo interpretar dicha aclaración de mejor manera: como si se tratase de un león, dió comienzo al pasaje con un gesto que pretendió hacer volar el techo de la sala. De dónde saca tanta energía este muchacho?
Pero cuando se trata de Dudamel todo parece aclararse al final del cuento. Fue precisamente el cuarto movimiento lo mejor logrado. Mahler aclaró en su partitura (aunque Gustavo condujo de memoria) que se trataba de un Stürmisch bewegt, algo así como "tormentosamente agitado", y nuestro joven conductor no pudo interpretar dicha aclaración de mejor manera: como si se tratase de un león, dió comienzo al pasaje con un gesto que pretendió hacer volar el techo de la sala. De dónde saca tanta energía este muchacho?


Lawrence K. Ho/Los Angeles Times
Fue un final tan endemoniadamente glorioso y efectivo que bastó con que la última nota se apagara (abruptamente en esta sinfonía) para que el primer grito de Bravo! abriera paso a un aplauso que hizo temblar la sala. Dudamel se colocó junto a sus músicos y recibió, emocionado (y la orquesta también), el cariño de la audiencia.

Lawrence K. Ho/Los Angeles Times
Mientras el aplauso se volvía interminable, Dudamel salía y entraba en escena mientras la sala era inundada por una lluvia de confeti (classical music concert made in Hollywood). Esa noche, el público amó a Gustavo Dudamel.

Lawrence K. Ho/Los Angeles Times